Ha llegado el momento de comenzar a mirarnos nuestro propio ombligo. Pocos no son quienes critican a las monarquías del viejo continente, y ciertamente es aberrante ver como simples mortales nos miran por encima del hombro, gozando de prestigio y privilegios desde el nacimiento. Pero ¿Y que hay del otro lado del charco? Los americanos (excluyendo canadienses) nos vanagloriamos de nuestras repúblicas y de, aparentemente, no tener que mantener a unos parásitos. Sin embargo somos capaces de hablar incluso de la "majestad presidencial", y nuestro querido o querida presidente se paseará por los pasillos del poder junto a su frondosa familia, gozando de ciertos privilegios que no van con un cargo público. Es como si desenfundaran sus penes o tetas, le ataran un billete de 100 dólares y nos lo abofetearan en la cara.
Como es de esperarse, el asunto viene de la común paradoja socialista: "ser rico es malo" dicen ellos ¿Y por qué? Cuando te das cuenta de que esos quienes se vanaglorian de decir ser paladines de los pobres viven entre los más preciosos lujos, no hay otro fin más que el perverso. Más allá de todo, la cacareada igualdad no existe.






